China enfrenta una profunda crisis demográfica tras décadas de la política del hijo único
La política del hijo único aplicada en China durante más de 35 años es considerada uno de los mayores experimentos sociales de la historia moderna. Diseñada a finales de los años setenta para frenar el crecimiento poblacional, esta medida transformó de manera profunda la estructura familiar y social del país. Sin embargo, una década después de su abolición, China enfrenta ahora una grave crisis demográfica marcada por el envejecimiento acelerado de su población y una caída persistente de la natalidad.
Durante su aplicación, la política se impuso mediante un sistema de sanciones administrativas y controles estrictos que redujeron drásticamente los nacimientos, especialmente en zonas urbanas. Aunque logró su objetivo inicial, también dejó consecuencias sociales profundas: abortos forzados, abandono infantil, nacimientos no registrados y una marcada preferencia por los hijos varones. Este fenómeno generó un fuerte desequilibrio de género que hoy se traduce en cerca de 30 millones más de hombres que de mujeres en el país.
Al mismo tiempo, la política dio origen a una generación de hijos únicos, conocidos popularmente como “pequeños emperadores”, que crecieron en hogares con gran concentración de recursos educativos y afectivos. Según especialistas, este contexto contribuyó al aumento del nivel educativo y del ahorro familiar, así como a una mayor autonomía de muchas mujeres, que no tuvieron que competir con hermanos varones por el acceso a la educación.
No obstante, el impacto cultural ha sido duradero. Tener un solo hijo —o no tener hijos— se convirtió en una norma social. Aun después de que el Gobierno permitió dos hijos en 2016 y hasta tres en 2021, las parejas jóvenes continúan retrasando o descartando la maternidad y la paternidad, influenciadas por el alto costo de vida, la precariedad laboral, el estrés urbano y la falta de corresponsabilidad doméstica.
Las cifras reflejan la magnitud del problema. Según el Banco Mundial, la tasa de fertilidad en China se sitúa en torno a un hijo por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2,1. En 2022, el país perdió población por primera vez desde los años sesenta y, en 2023, fue superado por la India como el país más poblado del mundo. Proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) indican que la población china podría reducirse a menos de la mitad hacia finales de siglo.
Ante este escenario, el Gobierno chino ha comenzado a tratar la demografía como un asunto de seguridad nacional. El presidente Xi Jinping ha reconocido que el futuro económico y social del país depende de estabilizar la población, lo que ha llevado a un giro en las políticas públicas: del control estricto de los nacimientos a la promoción activa del matrimonio y la maternidad mediante subsidios, permisos parentales, servicios de guardería y la reducción de costos asociados al parto.
Sin embargo, numerosos analistas coinciden en que revertir la tendencia será extremadamente difícil. China enfrenta el desafío de “envejecer antes de enriquecerse”, con una población activa cada vez menor sosteniendo a un número creciente de adultos mayores. La larga sombra de la política del hijo único sigue marcando a la sociedad china, recordando que las decisiones demográficas del pasado continúan influyendo de forma decisiva en el presente y el futuro del país.
Fuente: La larga sombra del hijo único: China paga con una crisis demográfica su mayor experimento social | EL PAIS