Dos sismos casi simultáneos de magnitud similar dejaron desenlaces opuestos
Dos terremotos de magnitud similar ocurridos casi a la misma hora dejaron desenlaces radicalmente opuestos. Mientras el doble sismo de Venezuela del 24 de junio ya supera los 589 muertos y miles de heridos, un terremoto de magnitud 6,9 que sacudió el norte de Japón apenas minutos después no dejó víctimas ni daños de consideración. La diferencia, según los expertos, no está en el suelo, sino en lo que se construye sobre él: prevención, inversión y planificación.
Japón, situado sobre la intersección de cuatro placas tectónicas, no tiene suerte con los terremotos: invierte para sobrevivir a ellos. El país asiático coordina una de las redes de alerta más sofisticadas del planeta, con más de 4,000 sensores distribuidos por el territorio, además de códigos de construcción extremadamente estrictos que obligan a que edificios, hospitales y puentes oscilen sin colapsar, absorbiendo la energía del movimiento sísmico.
La preparación japonesa también es cultural: los niños participan regularmente en simulacros de evacuación y aprenden desde pequeños cómo actuar ante un seísmo. Desde el Gran Terremoto de 2011, que desencadenó el desastre de Fukushima y causó casi 20,000 muertes, la sociedad reforzó su relación con el riesgo, asumiendo que los terremotos volverán y preparándose para responder de la forma más rápida y eficaz posible.
En Venezuela, en cambio, más del 80% de la población vive en zonas de alta amenaza sísmica, pero la construcción informal, la falta de mantenimiento y la ausencia de sistemas de alerta multiplican el impacto de cada temblor. Los especialistas recuerdan que la preparación sísmica exige inversiones multimillonarias sostenidas durante décadas, un esfuerzo que no todos los países pueden asumir por igual. La conclusión es clara: cuando la naturaleza golpea con la misma fuerza, la diferencia entre una tragedia y una emergencia controlada depende mucho más de las políticas públicas que de la intensidad del sismo.