Lo que despierta cuando todo se derrumba
Hizo falta que la tierra temblara para que cayeran muros que parecían eternos. El 24 de junio, dos terremotos sacudieron el centro-norte de Venezuela y, en cuestión de horas, un país acostumbrado a las divisiones se encontró haciendo algo que llevaba años sin hacer: mirarse a sí mismo y tenderse la mano. Mientras los edificios se desplomaban en Caracas y La Guaira, algo más se levantaba entre los escombros, silencioso pero imparable: la solidaridad.
Lo notable no es solo que vecinos y voluntarios se volcaran a remover piedras con sus propias manos. Es que el mundo entero respondió. Equipos de rescate de veintisiete países, miles de manos extranjeras y cientos de perros entrenados llegaron a un país que durante mucho tiempo había estado aislado. El coordinador humanitario de la ONU lo expresó con una frase que vale la pena guardar: en un momento en que siempre nos fijamos en lo malo que pasa en el mundo, aquí se veía un gesto de solidaridad de todos hacia los venezolanos. La catástrofe logró, en días, lo que la diplomacia no había conseguido en años.
Y es que las tragedias tienen esa extraña capacidad de revelar quiénes somos de verdad. Cuando lo cotidiano se desploma, las etiquetas que nos separan —ideologías, fronteras, rencores— de pronto pesan menos que la urgencia de salvar una vida atrapada. Frente a un niño sepultado bajo el concreto, nadie pregunta por banderas ni por opiniones. Se cava. Se espera. Se reza. La fragilidad compartida nos recuerda, de golpe, que pertenecemos a la misma especie.
Pero esa misma solidaridad esconde una pregunta incómoda. ¿Por qué necesitamos que mueran más de mil setecientas personas para recordar que somos capaces de cuidarnos? La fuerza que mueve montañas tras un terremoto es la misma que podría prevenir tantas otras tragedias evitables si la mantuviéramos encendida en tiempos de calma. La compasión no debería ser una respuesta de emergencia, sino una forma permanente de habitar el mundo.
Detrás de cada rescate hay una historia que no cabe en las cifras. Está la madre que espera noticias junto a una montaña de escombros. Está el rescatista que no ha dormido en días porque escuchó un golpe debajo de las ruinas. Están los seiscientos ochenta mil niños cuya vida cambió en treinta segundos y que ahora dependen de la bondad de desconocidos. Y está también la promesa, dicha por una trabajadora humanitaria, de que la gente no pierde la esperanza: que mientras alguien siga buscando, nadie está del todo perdido.
Tal vez ahí esté la lección que un desastre, sin proponérselo, le deja a la humanidad. Que somos, al mismo tiempo, terriblemente frágiles e inmensamente capaces de cuidarnos. Que la verdadera medida de una civilización no está en lo alto que construye sus edificios, sino en cómo responde cuando estos caen.
En Semiversal creemos que rastrear estos momentos —los de dolor y los de solidaridad— es esencial para entender hacia dónde vamos como especie. La pregunta que queda, mientras Venezuela se levanta entre los escombros, es si aprenderemos a sostener esa solidaridad cuando deje de temblar. Porque si esa fuerza que nace en la catástrofe lograramos mantenerla viva en lo cotidiano, quizás no haría falta que el mundo se derrumbara para recordarnos lo mucho que nos necesitamos.