Cuba: cuando la dependencia sustituye al desarrollo
En muchas ocasiones, las crisis se perciben como eventos repentinos, como si un sistema colapsara de un día para otro. Sin embargo, la realidad suele ser distinta: los colapsos no son eventos, son procesos. Cuba no despertó un día en crisis; llegó a ella tras décadas de decisiones acumuladas, dependencias sostenidas y problemas estructurales nunca resueltos.
Antes de su transformación política, la isla mostraba signos de desarrollo económico, pero profundamente desiguales. Posteriormente, en un intento por corregir esa desigualdad, se adoptó un modelo que buscaba justicia social, pero que terminó generando otra forma de fragilidad: una economía altamente centralizada y dependiente de actores externos.
Primero fue Estados Unidos, luego la Unión Soviética, después Venezuela. Cambiaron los aliados, pero no el patrón. La estabilidad no provenía de la autosuficiencia, sino del soporte externo. Y cuando ese soporte desaparecía, el sistema volvía a tambalearse.
Este patrón no es exclusivo de Cuba. Es un reflejo de un comportamiento más amplio en la humanidad: la tendencia a resolver problemas inmediatos sin corregir las causas profundas. Se sustituye la solución estructural por el alivio temporal.
Desde un enfoque semiversal, esto plantea una pregunta incómoda pero necesaria. ¿Estamos construyendo sistemas sostenibles o simplemente prolongando su fragilidad?
Cuba nos muestra que una sociedad puede mantenerse en pie durante años, incluso décadas, sin ser verdaderamente estable. Pero también nos recuerda que cuando los sistemas dependen más de factores externos que de su propia solidez, el colapso no es una posibilidad… es una inevitabilidad en espera.